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martes, 11 de marzo de 2008

Hombre y animal. El dualismo antropológico, por Pepe Ferrale

Dualismo Antropológico, o dualismo entre alma y cuerpo, es el término utilizado por Descartes para nombrar una característica intrínseca del ser humano: Su doble constitución, su composición por dos tipos de sustancias distintas, cuerpo y alma, o utilizando términos más técnicos, res extensa y res cogitans, sustancia extensa y sustancia pensante, respectivamente.

Por res extensa entendemos todo aquello que ocupa lugar, es decir, que tiene extensión. En cambio, por res cogitans entendemos aquello que piensa, y que, en consecuencia tiene libertad de elección, libre albedrío. La diferencia entre hombre y animal radica precisamente en la res cogitans: El hombre es un ser formado por ambas sustancias, íntimamente ligadas entre sí. En cambio los animales son únicamente res extensa, simple extensión, no tienen alma, y por lo tanto, no tienen libertad, sino que actúan acorde con unas pautas de comportamiento prefijado.

Pero para entender estos conceptos y además poderlos analizar con mayor claridad, es necesario remontarse a algunos conceptos de la filosofía cartesiana tales como el método o el criterio de verdad.

En Descartes, método y criterio de verdad se presentan como proceso y finalidad. El Método [Del griego metá-odós, camino hacia] es una herramienta para que cualquiera pueda alcanzar a verdad sin temor de equivocarse. Descartes presenta el método como una “guía”, que en todo momento repite que es un sistema que a él le ha funcionado y que propone a otros porque también les puede ser útil, aunque no garantiza su total efectividad ni impone su uso como único modo de llegar a la verdad.

El Método consta de cuatro partes, cuatro máximas a seguir, a través de las cuales llegará a conocer una primera verdad, tan clara y evidente que ni las más extravagantes suposiciones de los escépticos podrán derrumbar. No hay que olvidar que el escepticismo era una gran corriente filosófica en la época de Descartes, y que pese a estar influenciado por autores seguidores de este movimiento, como Michel de Montaigne, éstos se presentan para Descartes como un “enemigo” a vencer, un colectivo que está equivocado y la visión filosófica de la verdad del cual quiere modificar.

Siguiendo con el método nos encontramos con la primera regla de todas, la evidencia. Según esta regla, no debemos aceptar como verdadera ninguna proposición que no se nos presente en la mente de forma clara y distinta, sin excedernos en la precipitación ni en la prevención, esto es, no aceptando como verdadera una cosa sin haberla meditado bastante, ni negándose a aceptarla por recapacitar demasiado, aún cuando esta verdad se nos presente de forma clara y distinta. La siguiente regla, análisis, consiste en desmenuzar el objeto de análisis en proposiciones más simples, que serán más fácilmente identificables como verdaderas o no. A continuación, mediante la síntesis, se procederá a reordenar y juntar todo aquello que ya hemos analizado por separado, para formar proposiciones mucho más complejas. Por último, la enumeración, consiste en repasar todo el proceso para estar seguros de no haber cometido ningún error.

Este método es de clara inspiración matemática, concretamente se basa en la geometría y en las largas cadenas de razonamientos que siguen los geómetras para justificar sus razonamientos. Y es que Descartes tenía una profunda influencia de las matemáticas, al igual que los pitagóricos creía que el mundo estaba formado por números, y esto queda patente, además de en el método, en su visión mecanicista del mundo, que explicaremos más adelante.
Una vez establecido el método Descartes se sumerge en la duda metódica, es decir, duda de todo aquello que antes había aceptado como verdadero para, de esta forma, encontrar una primera verdad que ni las más extravagantes suposiciones de los escépticos puedan derrumbar.
Pero Descartes, que no sabía cuánto tiempo le llevaría encontrar esa primera verdad, establece una moral provisional, una serie de preceptos para guiar su conducta mientras lleva a cabo el proceso de derrumbe de todo lo que hasta ahora había dado por cierto. Estos preceptos consisten básicamente en seguir las leyes del país en el que se viva y la practicar la religión, seguir con constancia todas sus intuiciones, no intentar conseguir aquello que no es posible y cultivar la razón a través de las matemáticas.

El proceso de duda conduce a Descartes a diversos grados de radicalidad: Primero duda de la fiabilidad de los sentidos, puesto que a veces nos engañan, y aquello de lo que existe una posibilidad, por mínima que sea, de duda, implica que no son del todo fiables. Dando un paso más allá, Descartes duda de la existencia de las cosas materiales, puesto que no distingue entre la vigilia y el sueño, por la gran realidad de este último, así que no puede distinguir la verdadera existencia del mundo. Y en un grado mayor de radicalidad, Descartes supone que puede que haya un genio maligno que lo engañe constantemente, conduciéndolo al error una y otra vez, por lo que tan siquiera las matemáticas, que habían sobrevivido a todos los estadios de duda anteriores, se salvan de la duda del filósofo.

Como nota, aclarar que la duda hiperbólica, o hipótesis del genio maligno, no aparece en el Discurso del Método, sino que se explica en otra obra, Las Meditaciones Metafísicas.
Luego, mientras pensaba todo esto, Descartes se dio cuenta de que él pensaba, y que nada le podía negar su propia existencia mientras pensaba, así que si piensa, es, “Je pensé, donc je suis”, “Cogito ergo sum”. Además esta verdad es evidente, por lo que la intuición la capta rápidamente y sin necesidad de más explicaciones, por lo que además se muestra de forma clara y distinta, que es el criterio de verdad que se había establecido en el primer punto del método.

Descartes ha establecido por tanto su propia existencia como res cogitans, sustancia pensante, identificando el yo con el alma. Pero sin embargo se encuentra en un punto muerto, está encerrado en el solipsismo, ya que está seguro de su propia existencia en tanto que piensa, pero no puede garantizar su existencia antes o después del acto de pensar, así como tampoco puede explicar la existencia de la realidad extramental, es decir, de todo aquello que hay más allá de su mente.

Entonces, reflexionando sobre los diversos tipos de ideas que se presentaban en su cabeza distinguía de 3 tipos: Las ideas adventicias, que parecen provenir de las cosas exteriores, las ideas facticias, que son las creadas por la propia mente, y las ideas innatas, que son connaturales a la razón, es decir, que todo ser humano tiene predisposición a formar de manera natural.

Examinando más concienzudamente las ideas innatas, se dio cuenta de que había dos que eran especialmente particulares, y éstas eran la idea de infinito y la idea de perfección, que posteriormente utilizará, junto con la idea de Dios para demostrar la realidad de los objetos extramentales. Así encontramos 3 argumentos de los que se sirve para demostrar esta realidad: El argumento de causalidad (A partir de la idea de infinito), el argumento de Dios como causa de mi ser (A partir de la idea de perfección) y el argumento ontológico (En el cual demuestra la existencia de Dios a partir de su propia definición, argumento muy parecido al ya usado en el siglo XI por San Anselmo de Canterbury).

De esta forma, una vez ya demostrada la existencia de la realidad extramental, Descartes establece otro tipo de sustancia, la res extensa. Aunque estrictamente sustancia es aquello que necesita sólo de ella misma para existir, y por lo tanto sólo existiría la sustancia divina (Dios está formado por una sola sustancia al contrario que los seres humanos, porque si estuviera formado por dos sustancias significaría imperfección, y como ya hemos dicho, Dios es perfecto), Descartes considera sustancia a la extensión y al pensamiento porque sólo necesitan de la sustancia divina para su existencia.

Y como ya habíamos dicho antes, es precisamente la unión de estas dos sustancias lo que provoca este dualismo antropológico, esa unión entre las dos sustancias que puede denotar imperfección, pero que es muy importante en la filosofía cartesiana, ya que esta unión de cuerpo y alma a través de la glándula pineal es lo que permite al ser humano escapar del mecanicismo que gobierna el mundo, dotándole de libertad.

Y es que en la filosofía de Descartes, el universo está regido por una serie de leyes, tales como la ley de la inercia, la de conservación del movimiento o la de conservación de la trayectoria [Física cartesiana] que cosechó un bajo éxito ya que se mantuvo al margen de los descubrimientos de otros importantes físicos como Newton o Kepler. Según esta visión mecanicista, el movimiento siempre es el mismo, y es por una serie de rozaduras y limaduras que este movimiento se transmite de unos objetos a otros, como si formáramos parte de un gigantesco mecanismo al cual Dios dio el primer empujón cuando acabó la creación. Y precisamente las cualidades primarias de la res extensa, que son volumen, figura y movimiento, son las únicas cuantificables matemáticamente, por lo que son consideradas objetivas y objeto de verdadero conocimiento.

Y para escapar de estas leyes es por lo que Descartes imbuye una especial importancia al papel del alma en la vida del hombre, que a través de sus dos características (Entendimiento y voluntad) tiene libertad para decidir, al margen del mecanicismo imperante en el universo, y así dar una mayor perfección a la naturaleza humana, pues la libertad consiste en someter la voluntad ( o capacidad de decidir si algo es verdadero o no) al entendimiento (que nos da el criterio de claridad y distinción de lo bueno) para poder decidir así la opción correcta sin pecar de prevención ni precipitación.

En consecuencia, hombres y animales se diferencian en su composición, y esto implica también que unos gocen de la libertad que los otros no poseen.

Pepe Ferrale

(El último ensayo general antes del estreno.)

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