aquí sí que se encuentras lo que buscas en el blog

martes, 1 de noviembre de 2011

Platón: el Estado Ideal, por Lorena Martínez



Platón confesó en su Carta VII que sólo a través de la filosofía se podría encontrar el remedio a los problemas políticos de su época. Quería lograr un Estado Ideal, donde no se cometieran las injusticias que él mismo vivió con su maestro Sócrates. Y para ello formuló su teoría del filósofo-gobernante, en la cual los gobernantes perfectos son los filósofos, pues son los únicos que pueden llegar al total conocimiento del bien y la justicia y, por tanto, ser justos y buenos –tal y como Sócrates hace ver en su intelectualismo moral, que Platón acepta y aplica en su política-; hombres capaces de dirigir y gobernar bien una sociedad, un estado.


El discípulo de Sócrates está convencido de que ha de existir un arte o una ciencia propia del político –gobernante-, que tenga como finalidad producir la salud del Estado y conducirlo hacia la justicia y la felicidad: la filosofía, la ciencia política que el aspirante a gobernante necesita aprender. Pero antes de poder hablar sobre la educación de estos gobernantes, se necesita conocer la teoría de las Ideas que Platón propone.


Platón acepta de Heráclito que los objetos del mundo físico y material están en permanente situación de cambio, y por eso no puede haber un verdadero conocimiento de esos objetos. Por otra parte, acepta de Parménides que el conocimiento que nos aportan los sentidos es engañoso y que no nos muestran la auténtica realidad de las cosas, sólo accesible a la razón. Así pues, según el filósofo, existen realidades  que no cambian, realidades no materiales, eternas e inmutables –a semejanza del Ser de Parménides- que se han de hallar más allá, en otra esfera de la realidad. Éstas son las Ideas. Las esencias de las cosas. Y por ello Platón diferencia entre el mundo sensible, al que pertenecen todas las cosas físicas y materiales, y el mundo inteligible, al que pertenecen las Ideas y los objetos matemáticos (dualismo ontológico).


Si las Ideas son modelos de perfección y la auténtica realidad –siempre desde el punto de vista de Platón-, la Idea de Bien es la representación de la máxima perfección y realidad. Es la que gobierna el mundo de las Ideas, y la causa del ser, de la perfección y la existencia de las demás Ideas. Así como las cosas sensibles participan de las Ideas –al igual que los objetos matemáticos, que son más reales todavía que éstas, pues son más perfectos, forman parte del mundo inteligible-, cada Idea participa de la perfección de la Idea de Bien. Por eso puede decirse que las Ideas deben su ser, su esencia a esta Idea. Y, aunque indirectamente, también lo hacen las cosas sensibles, puesto que sólo existen porque participan de las Ideas, que a su vez participan de la Idea de Bien, de forma que lo que tengan las cosas sensible de perfectas, reales y buenas se lo deben a esta Idea. El mundo sensible intenta imitar al mundo inteligible.


La Idea de Bien es también la causa de que las restantes Ideas puedan ser conocidas por el alma humana; participan de ella, y por eso se pueden conocer. Ahora bien, ¿cómo puede conocer el alma humana las Ideas, si éstas están fuera de nuestro mundo sensible y visible? Platón propone aquí la teoría de la reminiscencia.

Según él, en el alma de casa ser humano existen, desde su nacimiento, ciertos conocimientos innatos -y confusos- sobre las Ideas, que sólo pueden cobrar claridad mediante una educación adecuada, es decir, para Platón aprender o conocer no es otra cosa que recordar –antes de reencarnarse en un cuerpo, el alma ha estado en el mundo de las Ideas y las ha contemplado. Y es que el filósofo tiene una concepción dualista del ser humano: éste es un compuesto de alma y cuerpo (dualismo antropológico). Influenciado por la filosofía pitagórica, Platón considera la unión de alma y cuerpo como puramente accidental, el alma necesita purificarse a través del conocimiento y la práctica de la virtud. El cuerpo es la cárcel del alma.


Así, Platón establece una división del alma en tres partes: racional –sede de la inteligencia, naturaleza divina-, irascible -pasiones y emociones- y apetitiva –apetitos y deseos materiales-. Las partes apetitiva e irascible son irracionales, y están vinculadas al cuerpo.


Por tanto, para el Estado Ideal, justo -en el que exista armonía entre las tres clases sociales existentes: productores (parte apetitiva), guardianes (parte irascible) y gobernantes-filósofos-, que Platón quiere alcanzar, aquellos individuos en los que predomine la parte racional del alma sobre las otras dos, serán los idóneos para el gobierno de la ciudad –clase de los gobernantes-filósofos, clase superior-, serán seleccionados de entre los mejores guardianes para recibir una educación especial.


La educación de los gobernantes debe lograr, primero, encaminar su alma en dirección a lo inteligible, hasta llegar a la contemplación de las Ideas y, finalmente, al conocimiento del Bien en sí, que constituye la meta última del conocimiento y el final del proceso educativo, un proceso duro, arduo y costoso, pues el cuerpo arrastra al alma hacia el mundo sensible, apartándola del verdadero conocimiento.

Así pues, la educación del filósofo gobernante se basará primero en el cultivo de las matemáticas –pues el alma, prisionera del cuerpo y los sentidos, acostumbrada al mundo sensible, debe familiarizarse con el razonamiento abstracto y con las realidades inteligibles-, y después en el de la dialéctica o filosofía –ciencia suprema para Platón, el saber sobre las Ideas y sus relaciones. Una vez que –gracias a la dialéctica- el filósofo gobernante haya alcanzado el conocimiento de lo verdadero y de lo bueno, tendrá que volver de nuevo al mundo sensible, al mundo humano, e intentar establecer un orden y armonía inteligibles en la sociedad y el Estado; para ello debe gobernar su propia vida y a la sociedad tomando el Bien y la Justicia como guía.

1 comentario:

Oscar Fernández dijo...

Atentos al comienzo, sin perder tiempo y con ganas. Fijaos en el uso de la Carta VII, ligero y resultón. No es que haya que empezar así, pero es para ir viendo posibilidades.

Insisto: daos cuenta de cómo en ese primer párrafo está ya todo el mantecao, Poneos en el lugar del corrector, diciendo que sí con la cabeza. Lorena ya lo ha llevado a su terreno. Esto es importante, si alguien no lo entienda que me lo diga a la cara... o por aquí. Un buen ejercicio sería que alguien lo desarrollara en otro comentario a éste.

Atentos a la función del segundo párrafo: (después de volver a dejar claro que sabe dónde se mueve, "discípulo de Sócrates", you know, muy bien, muy ligero) estira el primero en la dirección que le interesa y de pronto aparece necesario explicar qué son las ideas. Ésos son los gestos que nos interesan, llevo el texto por donde quiero y voy soltando la información que tengo.

En el tercero (es que no tiene desperdicio) se carga a Heráclito y Parménides con mucha elegancia. Muy bien, no tenemos tiempo para ocuparnos más de ellos, utilizando en doble crimen para -a través de las características de las ideas- hablar de la diferencia entre los dos mundos. El dualismo ontológico lo suelta y se va, porque tiene otras cosas que hacer. Ése es el ejercicio.

Fijaos que en lo que llevamos recorrido no se ha desperdiciado nada. Como decía Guardiola, hay que aprovechar el campo, estirarlo. Notad la diferencia entre esta forma de escribir y el ir soltando sin más. El ejercicio es acoplar lo que sabes al tema que te piden.

Lo cual nos pone ya en el cuarto párrafo, en el que caracteriza las ideas y muestra la estructura del mundo inteligible. Muy atentos a la precisión del lenguaje, hacer parecer fácil lo que no lo es tanto. El tema es el estado ideal, pero las ideas merecen un espacio en esa fiesta (como todas las de Platón).

En el quinto y sexto, idea de bien, alma, reminiscencia... y educación.

El 7º y 8º se vuelve más informativa (Lorena) y menos creativa, elabora menos, con lo que también el texto pierde fuerza. ¿Se ve? Sólo un poco, vaya.

En el 9º estamos en un momento clave. Ahí quedaría bien haberse referido de forma muy ligera al mito de la caverna, sólo de pasada, como venía haciendo hasta ahora.

En la traca final habla más del filósofo gobernante que del estado ideal. Buscad ir explícitamente a lo que se os pregunta, que os va a costar lo mismo y vais a quedar mucho mejor.


Chapeau! Lorena, un texto muy bueno. Paraos a mirarlo con detenimiento. El que tenga problemas de expresión hasta puede copiarlo (lo digo en serio), que se pegan expresiones.


Se le podía haber sacado aún más jugo -aunque es verdad en clase no hemos visto todo- insistiendo más en lo que define la idea de justicia, la armonía, que cada parte cumpla con la función que le es propia. Recordad que son los dos párrafos por los que pasó más rápido.

Pero que muy chulo, vaya.

Deberes para casa: situad otras dos piezas del puzzle que lo harían más bonito: el intelectualismo moral y la postura de los sofistas.

PD: Los que la tenéis más cerca achucadla para que intervenga más en clase; si hablan los que tienen algo que preguntar o decir nos irá mejor a todos.